TRÁFICO DEL MAL

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TRÉBOL

Eran las 8:45 de la mañana y el tráfico estaba infernal. Me iba ahogando en el carro, ya que evitaba bajar la ventana para no tener que escuchar aquel concierto lleno de bocinas e improperios entre transeúntes y choferes. Mi razón se iba perdiendo mientras algún hijo de su madre me cerraba el carro en la avenida.

– ¿Por qué diablos estoy manejando? ¿Debería encontrar otra manera para poder llegar al maldito trabajo? – preguntas rondaban mi cabeza, preguntas que iban caldeando mi paciencia y encendiendo mi estado emocional.

DIAMANTES

Una mierda, en realidad todo esto era una mierda. No podía tolerar más este caos vehicular que poco a poco había desgastado mi tranquilidad. Veía a TRÉBOL por el espejo retrovisor e iba notando que buscaba salirse de aquella situación que nos tenía a todos con los nervios de punta.

Estaba listo para sacarle la mierda a cualquier imbécil que se cruzara por mi camino.

TRÉBOL

– No vale la pena – le respondí a DIAMANTES, intentando calmar a aquel EGO resentido.

Sentí que debía hacer algo pronto, antes que la situación nos llevara a lo peor. Cambié la estación de radio, buscando alguna canción que pudiera romper la sintonía caótica de la calle. Me perdí por unos segundos hasta encontrar la canción que necesitaba. Estaba recién empezando, una de esas que no entiendo ni un carajo lo que dice pero que el tono de la música me pone a mil.

Cerré los ojos y por un momento, el mundo cambió.

SPADES

Una sonrisa pendeja apareció en mi cara con toda la intención de burlarse de todo lo que ocurría allá afuera. Miraba al techo, miraba a través de la ventana sonriendo a todo aquel que tuviera algo que ver conmigo. Mis hombros se movían al ritmo de la música, como si entendieran lo que sonaba aquella mañana.

Frené de imprevisto, intempestivamente, en plena avenida limeña de infierno vehicular. El carro de atrás me empezó a fulminar con bocinas de alto calibre, y yo solo atiné a subir el volumen de la radio al máximo, justo en ese momento algo extraño ocurrió.

Abrí la puerta del carro y salí, esquivé a un motociclista asesino que no se había percatado de mi histriónica aparición y empecé a bailar, ahí mismo en la calle. Tronaba mis dedos mientras movía mis caderas, de la forma más descoordinada posible, sonriendo como un idiota que no se daba cuenta de lo que estaba pasando.

Otro personaje, un pelucón alto e inflado por esteroides baratos, paró su auto y se bajó a mi lado.

– Este es mi final – pensé, mientras intentaba pasar lo que me quedaba de saliva. Sin embargo, su reacción me sorprendió, intenté no dejar de moverme mientras veía como este señor empezaba a bailar conmigo, tarareando la misma canción que salía de mi radio.

No podía más con la euforia, no podía creer lo que estaba viviendo. Mi corazón latía a mil y me sentía el hombre más poderoso del universo. No sabía qué más hacer, la alegría desbordaba de mi piel y no la podía contener. De un solo impulso acabé en el techo de mi auto, bailando de una forma más ridícula aún, regalando mi mejor cara al tráfico de mierda que nos acompañaba.

Los carros se fueron deteniendo, la gente se fue bajando, y todos hacíamos lo mismo.

Un policía a lo lejos, estaba inmovilizado con el pito en su boca, intentando hacerlo sonar para parar terrible espectáculo. Un gordo inflado por la inflación, sudando por todo poro que tuviera su cuerpo, que respiraba con tanta fuerza y velocidad que lo escuchaba desde donde yo me encontraba. Las gotas de sudor chorreaban por toda su frente pelada.

En segundos, aquel “polico”, destapó los primeros tres botones de su camisa verde militar y dejó escapar toda esa melena que traía escondida en su pecho. Sonrío e hizo notar la falta de un par de dientes frontales, sonrió y empezó a bailar con todos nosotros.

Justo en ese momento, los carros empezaron a avanzar nuevamente. Tuve que bajarme del techo como si fuera un tobogán hasta llegar al asiento del carro. Arranqué nuevamente.

TRÉBOL

Abrí los ojos y me sentía mejor. Apreté el acelerador y seguí andando.

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