CITA CON TRÉBOL

conciencia

Maldito CORAZONES, se distrajo con alguna de sus historias estúpidamente románticas y terminó por dejarme solo con aquella mujer. Era linda, no puedo negarlo. De gran tamaño, brazos gruesos y cachetes redondos. Pero eso ya no era relevante. Estaba solo, ese EGO me había dejado solo y tenía que continuar con una cita que nunca fue coordinada por mí.

“¿En qué mesa nos sentamos?”, me susurró y terminó por rematar mi angustia. Una pregunta sencilla para cualquiera, pero no para mí, el especialista de las decisiones. ¿Y ahora? ¿En qué puta mesa nos sentaríamos?

Miré a la del fondo y pensé que sería terrible sentarnos ahí, ningún mozo nos vería y al final no atenderían nuestro pedido. La otra mesa, la que estaba cerca de la pared sería incomodísima y terminaríamos pegados el uno con el otro. La de la izquierda sería un suicidio con toda esa jauría de mocosos gritando al costado y jamás elegiría la que estaba cerca del baño.

Ella notó mi indecisión y sufrimiento, y terminó por sugerir un sitio donde sentarnos. “Justo es la que estaba pensando yo”, asentí disimulando seguridad. Cada paso que daba era como caminar hacia la borda, listo para ser arrojado a los tiburones. Me acerqué a su sitio y jalé su silla para que pudiera sentarse. “Es lo que haría CORAZONES”, me reforcé pero otra idea apareció, “¿Es lo que haría DIAMANTES?”. Terminé por enredarme y dejé la silla a medias, lo cual hizo que la chica se tropezara.

“¿Dónde está DIAMANTES? ¡Maldito CORAZONES!”, me repetía.

Ella volteó a mirarme y me lanzó una pregunta que no esperaba, “¿a quién le hablas?”.

¡La cagada! Si me hubiera tomado un espacio para contarle sobre nosotros, sobre los EGOS, quizás nunca más la hubiéramos visto por acá. “A nadie”, le respondí firmemente y de inmediato. Ella no preguntó más, pero abrió sus ojos demostrando su sorpresa. Pude ver aquellos ojos, negros como la noche y redondos como dos bolas de billar.

“Tienes ojos lindos”, le dije, sabiendo que JOTA DE CORAZONES hubiera dicho algo así.

Ella sonrió tímidamente por primera vez, una sonrisa cálida y deliciosa para aquel momento. Sin embargo un pensamiento atravesó mi cabeza, una pregunta que me mató de indecisión. “¿Qué hubiera hecho DIAMANTES?”.

“Pero no son tan lindos, tampoco te la creas”, continué y me sentí liberado.

Ella dejó de sonreír y se zambulló entre las hojas de la carta de platos. Tal vez yo estaba haciendo las cosas bien. “Al final, no es tan difícil después de todo”, empecé a pensar que podría sobrevivir el momento, jugando con estrategias de CORAZONES y DIAMANTES al mismo tiempo. La calma volvía a mí nuevamente, mientras noté que ambos EGOS volteaban a verme con ganas urgentes de decirme algo.

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