MISMOS GUSTOS

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“En el arte del flirteo, las palabras son pabilos del titiritero”.

Sentada frente a mí, solo una mesa de madera, recién barnizada, era lo suficientemente valiente para separarme de aquella mujer. Extravagante y exótica, hacía desfallecer a todos los curiosos de aquel restaurante.

Pero sólo uno tendría la habilidad de descubrir aquel secreto que tenía guardado para el mundo.

– Cuéntame de ti – empecé la conversación, preparando el terreno para hacer uso de alguna de mis estrategias escogidas. Dejaría que me contara todo sobre ella, y así coincidir intencionalmente en gustos y opiniones.

Esa noche descubrí que me gustaban los animales, cuando me enteré que ella estudiaba veterinaria. No fue coincidencia haberme convertido en cinéfilo, inventando directores polacos para hacerme el interesante. Pero lo más intrépido fue cuando se enteró que nuestras familias tenían la misma historia, provenientes de una ciudad muy extraña en Portugal.

Levantó sus cejas, estaba sorprendida, y sus ojos se abrieron tanto que todo el local se oscureció. Estaba boquiabierta, estaba paralizada, estaba ilusionada con nuestras coincidencias. La tenía enamorada, y dentro de mí sentía la satisfacción de esta victoria.

Antes de cerrar la velada y continuar con la segunda parte de esta aventura, aterrizó un comentario, como una flecha atravesando mi armadura.

Su cumpleaños venía pronto y cuando me dijo la fecha exacta mi mundo se paralizó por un segundo.

¡Habíamos nacido el mismo día! Juro que esto no era inventando. Estaba sorprendido, me quedé mirándola sin saber qué decir. Estaba hecho un completo imbécil. Tal vez sí estábamos destinados a conocernos aquella noche. Fui cayendo de aquella ventana que mi orgullo había abierto con tanta arrogancia. ¿Por qué iría a conocerla? ¿Qué podría significar tremenda coincidencia?

No podía creerlo. Habíamos llegado al mundo, juntos, tal vez para estar siempre así.

– ¡Yo también nací ese mismo día! – le dije sorprendido y emocionado a la vez.

Me miró fijamente y la sonrisa que la acompañaba, se borró automáticamente de su cara.

– ¡Fuera huevón! ¿Crees que soy estúpida? – me fulminó con su respuesta.

Se paró de la mesa bruscamente y se fue, mientras me ahogaba con el destino en la boca.

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