EL MÁS VIVO

Más vivo

Llegas al cruce de dos avenidas poco transitadas. El semáforo indica rojo, no pases, y notas en el temporizador que quedan aún 75 segundos más de espera.

“¿Y si cruzo?” Una pregunta traviesa, coqueta para cualquiera, aparece en tu cabeza. “Total ya es tarde y nadie me va a ver”. Sigues incitándote al delito. Sin embargo, la moral, la voz de aquel papá ya ausente, te detiene. Lo correcto pesa en tu decisión, y terminas por apagarte diciéndote en silencio, “ya solo faltan 43 segundos”.

De repente, otro carro aparece en la escena. Un autito un poco más moderno que el tuyo, osa ponerse a tu costado y esperar a que aparezca esa luz verde tan anhelada de la noche. Pasan dos, tres, hasta cuatro segundos y cruza la avenida sin titubear más. Una acción nada esperada, suficiente para hacerte remover algunas ideas en la cabeza.

“¿Seré un huevón?”, te preguntas.

Una camioneta se para atrás tuyo y te hace luces para que avances, pero tú ves que aún faltan 31 segundos para que se ponga color verde. Un automóvil cruza la calle por tu derecha, otro vehículo que omite la relevancia de aquel color que alumbra a media oscuridad.

“¡Puta qué huevón que soy!” – te respondes. “Soy el único idiota que sigue parado en el semáforo”. Pisas el acelerador y cruzas en rojo, mientras el segundero marca unos míseros 26 segundos.

¿Realmente existe la ley del MÁS VIVO o en realidad estamos sometidos a la del MENOS IDIOTA? ¿Acaso no es lo mismo?

Si tuviéramos que dividir una población en tres grupos; en uno de los extremos tendríamos al más vivo y en el otro al más idiota. La mayoría, estaríamos en el centro. Seríamos los “demás”, o mejor dicho, el “resto”.

Ser el MÁS VIVO implica destacar en el grupo (ya sea positiva o negativamente según el lente con el que se mire). Implica diferenciarte de los demás, mediante tu creatividad, espontaneidad o rapidez. Buscar ser mejor que todos, utilizando tus propias habilidades y/o aprovechándote de las carencias de los demás. Estar alerta a la oportunidad y utilizarla, de manera legal o deshonesta.

En cambio, ser el menos idiota es no querer caer en el otro extremo. No queremos que los demás nos vean como los “huevones”, como los incapaces de defenderse, de sobrevivir frente a los peligros que existen en la comunidad. Hasta cierto punto es entendible, a nadie le interesa estar al final de la cola porque inevitablemente te conviertes en la próxima víctima.

¿Por qué decimos que en nuestra sociedad existe la ley del “más vivo”?

Si todos queremos ser el más vivo y si todos llegamos a serlo, entonces por lógica ninguno lo es. Todos caemos en el promedio, en lo que en nuestro pequeño cuadro de clasificación hemos llamado como los “demás”, el “resto”. No tiene que ver con la viveza, con el ingenio o con la “pendejada”. Tiene que ver con el temor, el miedo de quedar como incapaces, como ingenuos, como personas preparadas para ser agarradas de “huevones”.

No me interesa ser el más vivo, solo no quiero que el otro sea el más vivo conmigo.

Es así como nuestras conductas se ven manejadas por un lema que se ha mantenido a lo largo del tiempo, una ley que pueda que necesite actualizarse. Vivimos alertas el día a día, estamos con los ojos bien abiertos frente a un mundo que vemos amenazante porque en cualquier momento pueden agarrarte de ingenuo. Estamos bien con nuestras decisiones y nuestras velocidades, no siempre nos nace apretar más el acelerador. Lamentablemente, solo basta que la luz direccional izquierda del carro que está a tu derecha se prenda, para que surja la necesidad de adelantarnos y no dejarlo pasar. Tememos quedar como idiotas, pero terminamos actuando como uno.

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