VOTO POR TI

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“Maldito dolor de cabeza, maldita resaca y maldita ley seca; al final uno termina chupando más en estos días. Malditas las votaciones y malditos los candidatos, maldita cola interminable a esta hora del día con este maldito sol”.

Así empezaba mi domingo de elecciones, mientras intentaba apagar el incendio interno que traía con media botella de ginger que había quedado de la noche anterior. Sostenerme de pie se había convertido en la tarea más difícil de mi vida, mientras intentaba entrar al aula de la mesa de votación. Un lugar a media luz que terminaba por darle un matiz melancólico al final de la semana.

Dos ojos negros me recibieron, inmensos como dos bolas de boliche, intentaron cambiar mi estado de humor. Dos faroles que alumbraron mi camino, los cuales eran propiedad privada de la presidente de mesa.

“¿Qué haces acá pequeña traviesa?”, me pregunte en silencio, “vente conmigo ahora mismo y te enseñaré el verdadero significado de la cámara secreta”, seguí pensando.

Me quedé callado, ya que quería ser estratégico y mi estabilidad corporal jugaba en contra de toda efectividad. Cogí la maldita carta de votación y escribí rápidamente mi número celular en ella, acompañado de un mensaje que decía, “hoy es tu día de suerte”.

Ella volvió a mirarme cuando notó que volvía a la mesa y no dudé en sonreírle, evidenciando la macabra pendejada que traía en mis manos. Fue ahí que recién me atreví a decirle;

“He escrito información importante para ti, llámame”.

Ella inclinó la cabeza, tal como lo hacen los perros cuando les hablas y escondió su sonrisa bajo la silla.

“No lo creo”, me respondió, mientras metía el papel en el ánfora sellada.

Su reacción no me desanimó en lo absoluto y empecé a caminar hacia afuera mientras me limpiaba el dedo con un pedazo de papel. Antes de desaparecer de aquel escenario, volteé y le regalé lo siguiente;

“Supongo que no llamarás hasta la noche entonces”.

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