PSIQUIATRÍA

psiquiatria

Primer lunes de cada mes, era el día escogido para tener que ir a visitar al psiquiatra. Según el licenciado, yo tenía algún problema por pensar que todas las mujeres morían por mí. Pobre iluso el abuelo ese.

Entré a la sala de espera y noté que no estaba solo, una mujer intentaba esconderse tras la esquina del sillón principal, zambulléndose entre páginas de una revista, mientras el color bronceado de sus piernas la descubría para mí. Saqué de mis bolsillos mi mejor sonrisa, me senté a su lado y le dije;

“¿También vienes a ver al doctor Pinolas?

Ella volteó y al mirarme se aseguró a que me diera cuenta que sus ojos serían mi perdición. Tiró su pelo para atrás de un solo golpe y dejó que el olor de su perfume se impregnara en mi imaginación.

“No, estoy acompañando a mi amiga, se llama Lorena”, me respondió mientras dejaba la revista en la mesa.

Conversamos por varios minutos y me contó historias increíbles sobre su vida. Fue un currículo impresionante de experiencias que terminó por generar más que interés en mí. La conversación fue subiendo de temperatura y algunas caricias empezaron a aparecer, justo entonces la secretaria nos interrumpió;

“Señorita Lorena, el doctor la espera”, dijo en voz alta y sus palabras generaron incoherencia en mi cabeza.

Mi compañera de aquel día, mi víctima escogida, se levantó del lugar y miró a una silla vacía. Se dirigió a ella como si hubiera alguien ahí, y soltó en voz baja algunas palabras que pude distinguir;

“Vamos Lorena”, habló al espacio vacío y continuó, “te toca entrar”.

Nadie se levantó de esa silla aquella mañana, nadie conquistó a nadie tampoco.

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