ARACNOFOBIA

araña

Era alta e impresionantemente atractiva; por más que ella lo intentara, no pasaba desapercibida. Era lo mínimo que se podría esperar de una chica que saliera conmigo, con JOTA DE DIAMANTES. Sus labios me llamaban en silencio y yo solo quería una cosa. Era nuestra primera cita, tal vez la única, si todo salía como estaba previsto. Un objetivo y estaba dispuesto a hacerlo cumplir a toda costa.

Caminar por la vereda se convertía en posibles situaciones explosivas entre lo carroñeros y yo. Exponer semejante trofeo podría traerme dificultades que no había considerado. La aparición de un grupo de ineptos y de sus miradas intrusivas, me daban la oportunidad de lucirme frente a aquella flor de temporada.

Una mirada desafiante y algún comentario subido de tono por mi parte, hicieron que ella lograra detenerme (parte del plan) y que yo quedara como caballero ideal. Aunque esa chica era diferente, ya que sus ojos grandes y vidriosos como la luna, me enseñaron disconformidad con mi reacción. No se había emocionado por mis ademanes agresivos, por lo contrario noté que una duda entraba como tornillo en su cabeza.

“¿Eres bien agresivo, no?”, me preguntó.

“Para nada”, le respondí, mientras descubría que la técnica del macho alfa no resultaría con ella.

Llegamos al estacionamiento y el abrirle la puerta de mi carro, sería la oportunidad perfecta para cambiar la imagen que había empezado a construir sobre mí. Su sonrisa fue la respuesta que esperaba para asegurarme que esta historia podría terminar como lo tenía previsto. Sin embargo, algo inesperado ocurrió.

Un maldito bicho de ocho patas empezó a pasearse por la parte de afuera de la ventana de su asiento. Yo aún estaba fuera del carro y me sentía totalmente expuesto a terrible amenaza. Miedo totalmente justificado si tomamos en cuenta que estos arácnidos son capaces de asesinar con su letal veneno. Cualquier postura de escape, cualquier reacción espontánea, se entendería como una búsqueda razonable hacia la supervivencia.

Evidentemente mi respuesta fue inmediata, ya que no dejaría que esa araña pudiera poner en riesgo mi apariencia física. Cogí uno de mis zapatos, arma eficaz en este tipo de situaciones, e intenté darle final a la catastrófica vida de aquel monstruo. Un intento fallido, que estuvo seguido por otros cinco o seis zapatazos adicionales.

Con el maldito bicho aplastado, pegado a la suela de mi mocasín, pensé que todo volvería a la normalidad. Fui bajando la herramienta de divino homicidio, mientras recordaba la presencia de mi cita aquella noche. Y la vi.

Levantaba sus brazos como intentando protegerse frente a toda posibilidad de agresión o violación, y entre una rendija de sus brazos pude ver que el tamaño de sus ojos había crecido exponencialmente. Me miraba de reojo, probablemente temía hacerlo de frente. Una mirada asustada y una posición petrificada, me hacían pensar lo peor.

La miré nuevamente, y comprendí que mi noche acabaría de inmediato, violentamente.

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