SILENCIOS INCÓMODOS

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Coincidentemente JOTA DE DIAMANTES estaba desaparecido esa tarde y CORAZONES andaba como siempre en su mundo. “Par de cobardes”, me repetía, mientras no dejaba de quitarle la vista a esa mujer parada frente a mí.

“Amiga del amigo de una amiga”, era el trabalenguas perfecto para describir nuestro parentesco, mientras un mutismo incómodo me empezaba a joder la paciencia aquel día. Silencio que sólo sería interrumpido por el llanto de aquella bebé espantosa que traía en sus brazos.

¿Por qué tenían que dejarme solo con ella?, me preguntaba, mientras buscaba alguna de aquellas típicas frases que la gente usa para “romper el hielo”.

“Qué frío está haciendo”, empecé la conversación, asegurándome que mi afirmación tuviera sustento; y mientras ella volteaba a verme, continué, “con este frío, uno se resfría”. Bastaron milésimas de segundos para empezar a putearme a mí mismo en silencio, por haber soltado tremenda estupidez. Sin embargo, tuve tiempo suficiente para terminar la vergüenza con un “¡Qué bueno que la nena está bien abrigada!”

La mujer sólo se dignó a levantar la ceja, como si estuviera evaluando mi intervención, como si hasta el momento estuviera desaprobando con roche aquel acercamiento. Mientras que los gritos de aquella pequeñita empezaban a incrementar mis nervios.

Pensé en hablar de Florcita y de su nuevo novio, o tal vez de las técnicas de Kukín para pasar desapercibido en el antidopaje, pero imaginé que JOTA DE DIAMANTES jamás utilizaría noticias faranduleras en sus estrategias para el flirteo.

Andaba totalmente perdido, intentando invocar a los poemas románticos de CORAZONES, pero tan solo salían oraciones sin sentido en mis pensamientos.

Y justo cuando iba a mencionar sobre la mala señal de los celulares, la conversación de una pareja cerca de nosotros me interrumpió. Incliné sutilmente mi cuello hacia la dirección donde ellos estaban y acerqué mis oídos lo más que pude. Logré escuchar que uno de ellos le preguntaba al otro sobre el nombre de la mascota que traía consigo.

Fue información suficiente para poder encontrar el salvavidas perfecto a esta incómoda situación.

Miré nuevamente a la chica; mientras intentaba mostrar alguna sonrisa medio forzosa, de aquellas que nunca estuvieron destinadas a aparecer, de esas en las que se puede distinguir la tensión que hay entre los dientes; y le dije con aparente seguridad:

“¡Qué linda bebé!, está preciosa… ¿cómo se llama?

Vi que su rostro cambiaba lentamente, pero no de la manera como yo lo hubiera imaginado. Sus cejas empezaron a cerrarse y de su boca salieron palabras que terminaron con cualquier posibilidad de relación.

“Se llama Felipe”, concluyó.

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