EL PRIMER BESO (2 de 3)

mordisco

¿Dónde estaba ella, entonces? Ahí, sólo que no la había visto bien. No me daba la cara, bailaba con sus amigas, bailaba consigo misma. Movía el cuerpo como si estuviera conectada con la música, como si la sintiera y la viviera, como si conversara con el ritmo. NUNCA había visto a nadie bailar así, con ese “feeling”, y mi boca abierta lo dejaba en evidencia. La miraba, la miraba y la seguía mirando. Volteaba a ver a otro lado, pero mis ojos no me hacían caso, y la volvía a mirar. Mi cuerpo me traicionaba y empezaba a moverse al ritmo de ella (quisiera pensar que lo hacía coordinadamente). ¿Qué carajos me pasaba? ¿Por qué se sentía tan bien? Había perdido toda autonomía, mi cuerpo sólo respondía al movimiento de sus caderas. Se llamaba Sandra, morocha con pelo rizado, ojos negros inmensos y salidos, recontra coquetos, atractiva por todos lados. Me tenía atontado, a mí, y a mí, y a mí, y a todos los demás EGOS que pudieran caber en mi cabeza.

Mi mente y mis sentimientos partidos en dos, estaba idiotizado por dos mujeres, vainilla y chocolate. No tenía experiencia alguna y menos con semejante situación. Sin embargo, para ser la primera vez que interactuaba seriamente con el sexo femenino, puedo afirmar que me fue bien con ambas chicas (por separado, LA-MEN-TA-BLE-MEN-TE para DIAMANTES). Como todo lo bueno y divertido, la noche acabó rápido. Pero había conocido a dos chicas increíbles, y una de ellas sería la mujer de mi vida. Sin embargo, quedé con un gran dilema, tenía que descubrir cuál sería la niña de mis sueños. Sentía presión, tenía que decidirme rápido ya que el siguiente fin de semana sería la fiesta de mi colegio, lugar ideal para mi primer beso.

Opté por una estrategia muy inteligente… le caería a las dos y la que me dijera que sí, sería el amor de mi vida. Por suerte, Ginnette no fue a la fiesta esa noche porque estaba castigada. Todo se hizo más fácil, la decisión ya estaba tomada. El destino y su papá colaboraban con mi futuro.

Era viernes por la noche, ya estábamos todos en la fiesta del cole y ahí estaba ella, Sandra, conversando con sus amigas. Yo estaba cerca, rodeado de los míos. Todos sabían todo, pero ponían caras de nada. Cuando estas cosas se cocinan, la música suena más fuerte, los corazones laten más rápido, las respiraciones se agitan y los ojos no pueden estar más abiertos. Sin mucho rodeo, tomé la iniciativa y me acerqué a ella (no quería que mi mente me hiciera una mala pasada). Había esperado a que ella estuviera abandonada por sus amigas para poder decirle algo, quería que estuviera desprotegida.

Estaba listo esa noche, había estado listo toda mi vida para este momento. No tenía miedo, al menos no lo sentía conscientemente. Sabía lo que quería y estaba decidido a tenerlo. La miré a los ojos y le dije “hola”. Parecía película, ella miraba al suelo y subió su mirada lentamente, toda coqueta, toda traviesa. Sin floro, sin muchas vueltas, ni payasadas, le dije algo bonito. Realmente no sé en qué PUTO idioma habré hablado, pero de hecho no era castellano. Sin embargo, me entendió, probablemente estábamos en la misma sintonía. Nos reímos a la vez y el momento no podía ser más increíble, por lo que solté aquella frase famosa que se mantiene a través de los años.

Cogí su mano y le pregunte, “¿quieres estar conmigo?”…

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