LA MUJER DE MIS CRAYOLAS

Han pasado muchos años, pero para mí la historia sigue estando fresca. Yo tenía diez años y estaba veraneando en alguna playa de Lima. Seguro que andaba jugando a tirar bolas de arena con mis amigos, totalmente metido en mis fantasías de niño, entre guerras, conquistas y monstruos. Sin embargo, ese día fue diferente; la vi por primera vez y quedé embobado para siempre. Era demasiado linda, tenía ojos marrones con algunos toques color miel. Desde el momento en que la vi y sentí algo que no había sentido nunca en mi vida; una especie de presión en el pecho con corrientes eléctricas y cosquilleos por mis brazos y mis piernas. Empecé a temblar. No entendía por qué, “debe ser que estoy mojado”, me repetía para hallar una explicación coherente. Justo había salido del mar, pero no me creí.

No lo podía creer. Era esa chica que había visto en las películas toda mi vida. Obviamente no se parecía a ninguna de esas actrices; ella era más bonita, era preciosa. Estaba llena de pecas… nunca había visto a una chica con tantas pecas, y eso me tenía totalmente estúpido. Tenía un bikini hermoso, me imagino que sí, no me acuerdo del color, pero me acuerdo que la hacía ver increíble.

Ella iba caminando por la orilla, y juraría que todo el mundo volteaba a verla. Estaba celoso y ni si quiera la conocía. Mientras la veía pasar, descubrí a dónde iba… me sentí en las nubes cuando vi que se dirigía a la sombrilla de mis papás. No sabía qué hacer, si seguir mirándola o acercarme a ver quién era. Empecé a caminar hacia allá. Escuché cómo ella saludaba a mis viejitos (que en ese entonces no eran tan viejitos). “Hola tíos”, les dijo. De hecho no era mi prima, sino ya hubiera habido un conflicto incestual mucho tiempo atrás. Apenas escuché su voz, mi corazón se hizo presente, empezó a bombear tan rápido y fuerte como podía.

El amor de un niño puede llegar a ser muy simple a veces. Una voz en mi cabeza no me dejaba tranquilo (a decir verdad aún sigo teniendo esa voz e vez en cuando), me decía y repetía, “¿qué hago?, ¿qué debo hacer?”. Tan fuerte sonaban los pensamientos en mi cabeza que no escuchaba nada más, mis amigos me gritaban a lo lejos, pero eran tan sólo imágenes borrosas para mí. Estaba embobado. En ese momento, sabía que ella sería el amor de mi vida (después de tiempo me daría cuenta que ella fue la primera de mis amores de mi vida). Ahí mismo, sabía que ella despertaría algún día al lado mío, y que al mirarla en la cama, una sonrisa suya apagaría toda luz que hubiera alrededor.

Necesitaba meterme al mar nuevamente. Mi corazón latía demasiado fuerte y tenía miedo que pudieran escucharlo. Lamentablemente me fui sin decirle nada antes. Salí del mar más relajado y ya no estaba ella ahí. Empecé a sentir un vacío absoluto en mi estómago, sentía que mis pulmones me apretaban fuertemente. Por suerte, escuché algo que me hizo volver a la normalidad. Mi mamá y sus amigas estaban hablando de ella, de Andrea, y comentaban que era hija de no sé qué amiga, que vivía en la playa del lado y que justo vendrían al día siguiente para pasar el día. Tenía toda la información que necesitaba, sólo que el tiempo era mi peor enemigo.

“¿Qué hago?” Tuve que recurrir a mis recuerdos, ideas y películas más románticas para pensar en la estrategia ideal. Mi objetivo era conquistar y enamorar a esta chica llamada Andrea, que se había vuelto la mujer de mis sueños. Cogí mis ahorros y le pedí prestado dinero a mi mamá. Con el billete en mano, me fui a la tienda a comprar cartulina, plumones y crayolas. Le iba a hacer una carta, una carta de amor y caería embobada en mis brazos. Esa tarde fue trabajosa, traté de sacar mis dotes de artista dibujante y realmente era malísimo para ello. Fue una tarea difícil poder poner todo lo que estaba sintiendo y pensando en un simple pedazo de cartón. Después de un par de horas, con el polo y la cara totalmente manchados, el proyecto estaba listo. La carta ya estaba terminada.

Esa noche no pude dormir bien, casi no dormí. Cuando me pongo ansioso por algo empiezo a dar vueltas en la cama. Me pasa desde entonces y me sigue pasando hasta ahora. No pude dormir tranquilo. Lo único que hacía era repetirme visualmente cómo sería el encuentro del día siguiente. Pensaba en hablarle a Andre (nótese que ya no era Andrea), en decirle todas las cosas que estaba sintiendo, en darle la carta y quedar con ella en estar juntos siempre. Al final logré dormir al menos un poquito.

Cuando desperté el sol había salido con demasiada fuerza. Era mi aliado, mi compañero. Siempre estaba presente cuando algo bueno iba a pasar. El gringo amarillo había salido ese día dando todo el calor que podía regalar. Me bañé dos veces, para estar doblemente limpio e irresistible. Me puse mi polo favorito de Bart Simpson, para verme más popular. Puras estrategias para darme el valor necesario para doblegar esa pequeña sensación de temor que iba apareciendo por mis venas.

Llegué a la playa y me puse a esperar. Hacía como que descansaba en la arena, como para que nadie me pregunte por qué me venían tan extraño. Esperé un bien tiempo, parecía horas pero tal vez fueron minutos. Ella no llegaba y mi nerviosismo iba aumentando. Miraba y escuchaba el mar, el sonido y movimiento de sus olas me hacía pensar que me estuviera queriendo decir algo. De repente, las olas dejaron de sonar, las gaviotas pararon de volar y las nubes desaparecieron tras del sol. Era como si la playa se detuviera por un momento para apreciar la presencia de esta mujer. Yo también estaba paralizado, nuevamente no sabía cómo reaccionar y eso me fastidiaba muchísimo.

Esta vez fue diferente, esta vez sí me animé a saludarla. Mis padres, hermosos ellos, me la presentaron. No estaban al tanto que Andrea sería la próxima nuera de la familia, pero aun así cumplieron una función importante. Luego de saludarla, mi papá dijo, “Andre, este es mi hijito adorado”. “¿Hijito?”, pensé, “¿por qué hijito y no hijo?”, me seguía preguntando a mí mismo. Con esa presentación me estaba bajando puntos. Me molesté bastante pero no lo hice notar. Tenía miedo que ella podría pensar que yo era un niño, cuando en realidad tenía ocho años casi nueve. Andrea me saludó y empezamos a conversar. Lo que ella no sabía aún, era que yo tenía en mis manos una tarjeta cargada de emociones que si no la entregaba rápido, pronto explotaría.

Esperé a que mis padres y sus padres se metieran al mar para hacer la siguiente jugada estratégica. Cuando llegó el momento oportuno, cuando ya no había nadie entre nosotros dos, me acerqué a ella (antes me limpié la arena que se me había pegado en el cuerpo y me hacía ver menos atractivo) y la miré directamente a los ojos. Al principio las palabras no me salían y ella empezó a mirarme raro. Como yo no decía nada, ella sonrío y soltó una risa muy tímida. ¡No podía estar pasando esto! Estaba quedando como un imbécil. Tomé un respiro hondo y cogí valor. Me peñisqué la pierna y me mordí la lengua, levanté la carta y le dije: “Toma, te he traído esto”. La había agarrado desprevenida, había puesto cara de sorpresa con un poquito de curiosidad. Cogió la carta, la abrió y se puso a leer lo que decía… pero en voz alta. ¡Fue terrible! Me quería morir, me quería ir corriendo. Pero a la tercera palabra decidió seguir en silencio. Aún me acuerdo lo que decía esa carta.

Hola Andrea… quiero decirte algo.

Ayer te vi y me enamoré de ti.

Me encantas. ¿Quieres casarte conmigo?

En esas dieciocho palabras había expuesto todo lo que sentía mi corazón. Estaba seguro que esas frases escritas en plumón tendrían un efecto impresionante para quien lo leyera, especialmente para Andrea. Su sonrisa se volvió gigante y pude ver todos sus dientes. Ya mi corazón no latía fuertemente, bajó revoluciones para escuchar su respuesta. Ella volteó a verme y se arrodilló para decirme algo (sí, aunque suene extraño se arrodilló). Puso sus manos en mis hombros y mis rodillas empezaron a temblar como nunca lo habían hecho en la vida (creo que una vez también habían temblado así, cuando el gordo Tomás me quiso pegar en el nido). Tenía miedo, y éstas se golpeaban tan fuerte que hacían bulla en toda la playa. Me habló con esa voz que me tenía hipnotizado desde el día anterior, esa voz que no me había dejado dormir. Nunca olvidaré las palabras que me dijo.

¡Qué lindo eres! Cuando seas grande vas a ser todo un don Juan. La carta está linda y me encantaría ser tu esposa algún día…

Tun-Tun… mi corazón volvía a latir… y ella continuó diciendo…

Pero vamos a tener que esperar unos años más todavía. ¿Sabes cuántos años tengo? Yo tengo dieciocho, y seguro que te soy mayor que tú por vaaaarios años. Quedemos en algo, el día que cumplas dieciocho, búscame otra vez. Te prometo que estaré esperándote.

Fue la choteada más linda de mi vida. Mi primer rechazo y a pesar de ello, no se sentía como tal. Honestamente, no había tomado consciencia de lo que hablaba. Desde que empezó a hablar yo estaba en otro mundo, metido en mis fantasías, en las nubes… y seguí así por horas.  ¿Qué iba a saber sobre las diferencias de edades? A pesar de todo, ese día no regresé solo a casa; regresé con una linda historia que me dura hasta hoy. Aprendí que puedes expresar lo que sientes mediante plumones y crayolas. Aprendí que cuando el amor es sincero y transparente, puede robarle una sonrisa a la mujer de tus sueños.

¿Qué pasó cuando cumplí dieciocho?… nada. Recién a los veinte me acordé de ella e intenté buscarla por todos lados. Lamentablemente no la encontré. No sé para qué la buscaba, no sé para qué AÚN la busco… sólo sé que revivir esa fantasía me hace sentir tan vivo a veces. Sigo soñando con estar con esa chica de la playa, la mujer de mis crayolas.

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