VIEJOS POEMAS

Era un señor encorvado y delgado. Bien flaco en realidad. Pensé que tenía ochenta y tantos años, pero cuando revisé su expediente (sin permiso); constaté que tenía 93 años. No podía creerlo, en verdad se veía mucho más joven. Aún tenía pelo, harto pelo color plateado y blanco por los años. Era la primera vez que lo veía; estaba caminando por el pasillo, salía de su cuarto para ir a visitar a la señora del cuarto del frente. La señora Mariana, una señora de 40 años de edad, regordeta y linda de rostro, pero sobre todo linda de persona. Siempre sonreía.

Así fue como conocí a Don Aurelio, el abuelito del pabellón “Q”. Él había llegado al hospital por una enfermedad muy complicada, y necesitaba una operación para poder asegurar un buen pronóstico en su tratamiento. Cuando recién leí esta información me pareció súper incoherente la situación. ¿Por qué un viejito de noventa y tantos años había venido al hospital, para pelear por una vida que sería más corta que la misma rehabilitación de la operación? No entendía esta ironía, ni la necedad de este señor tan flaquito y chiquito.

Fue bien simpática la forma en que conocí a Don Aurelio en el hospital. No recuerdo el día exacto, pero recuerdo que justo conocía su pabellón ese día. Recuerdo que algo llamó mi atención. Era la primera vez que atravesaba esas puertas de madera antigua y no veía a nadie alrededor. Cuando no vi a ninguna persona dando vueltas por el lugar, me generó cierta confusión. En verdad ya me había acostumbrado, de alguna forma, a los comentarios tan “bien intencionados” de las inocentes y bellas enfermeras. Sinceramente, me paraban hueveando siempre. De hecho, era el único chiquillo del hospital. Era el único hombre que no tenía esposa, no tenía panza de camionero, que aún tenía pelo y sobre todo, lo más importante, que no intentaba “levantármelas” diariamente. Todo esto me convertía en el ser humano de sexo masculino más codiciado de ese lugar; era demasiada responsabilidad para un pequeño que recién salía a conocer el mundo.

Ese día nadie me quiso jilear, ni si quiera un piropo pequeñito. Nadie me esperaba y eso me dio algo de celos. ¿Quién era el que me había quitado mis cinco minutos de fama y deseo? ¿Quién se había llevado a todas las enfermeras del pabellón? Literalmente alguien se había llevado a todas las enfermeras para su cuarto. Justo cuando levantaba la mirada, pude distinguir fácilmente de dónde venía el tumulto de gente. El cuarto del fondo a la derecha, estaba que reventaba de gente; enfermeras, doctoras, técnicas… todas mujeres.

Justo Don Aurelio salía de su cuarto en ese momento, se escabullía entre la muchedumbre y se metía al cuarto de la señora Mariana. “Viejo pendejo”, pensé, “seguro que no le bastó con tener a todo el personal del hospital, ahora se va por las pacientes”. Sentía algo de cólera y no podía entender por qué. Por alguna razón, decidí no quedarme ese día en el pabellón y salí sin despedirme.

Pasaron dos días hasta que me animé a volver al pabellón “Q”. Al entrar una de las enfermeras hizo un comentario bien directo sobre mi trasero. Por más que no le respondí, sonreí por dentro y me dije, “volví a las canchas”. Ese día empezaba todo dentro de lo normal. Aproveché que las enfermeras andaban correteando de un lado a otro para espiar un poco la historia del señor Aurelio. Obviamente no entendía ni un carajo los términos médicos que estaba leyendo; pero por ahí algo pude concluir. Descubrí que el anciano se iría a operar en diez días; una operación de alto riesgo cuya rehabilitación podría durar meses e incluso más tiempo por su edad.

“Qué necedad”, pensé nuevamente. No entendía por qué es que tenía que aferrarse tanto a la vida, tanto como para perder la cordura. Qué egoísta, por hacer pasar a la familia momentos tan difíciles. Y para colmo para qué, para seguir conquistando “jovencitas”. Nuevamente me había fastidiado con él. Sin embargo, recordé que estaba en el hospital para poder ayudar a las personas que estaban ahí, más allá de estar o no de acuerdo con sus decisiones. Me propuse ir al cuarto del abuelito y conocerlo.

Mientras iba acercándome a su cuarto, de la puerta salió una señora vestida muy elegante. Sus gritos y reniegos se escuchaban en todo el pasillo, pero hablaba tan rápido que no se le entendía nada. Yo aún estaba muy lejos para saber de qué estaba hablando, sólo pude distinguir que renegaba por la operación de su padre. “Claro, me lo imaginé”, me dije. Seguro que está intentando convencer al anciano de no operarse. Que de una vez por todas desista de esa necesidad loca de querer malograrse el poco tiempo de vida que le quedaba. La señora pasó por mi costado y ni volteó a mirarme.

Llegué a la entrada de su cuarto y ahí lo vi. Ahí estaba Don Aurelio. Estaba metido dentro de su cama, con sus ojos grandotes bien abiertos, pero mirando a la nada, como si estuviera súper concentrado en algo en especial. “¿Puedo entrar?”, le pregunté, pero no me respondió. Volví a preguntar con un tono de voz más fuerte, pero aun así no volteó. Me tomé la libertad y entré, me acerqué y me presenté. Ahí por fin volteó a mirarme y noté cierto fastidio en su rostro, como si lo hubiera sacado de algún sueño despierto. Me habló muy amablemente (lo cual me sorprendió), y me dijo que escuchara con él la canción que estaba sonando.

Me di cuenta que era una canción de amor, un huayno creo. La letra no la entendía ya que estaba en quechua, pero por ahí pude identificar algunas palabras en castellano. De lo poco que entendí, trataba de un hombre que le hablaba a una mujer y que le decía que la extrañaba con todo el corazón, que soñaba con el día de volver a estar junto a ella. Algo en la letra de esa canción me iba atrapando de a pocos. Una canción que podría enganchar a cualquier persona que sueña con un amor ideal. La música no venía de la radio, sino de una grabación. Era un cassette negro dentro de una radio viejaza; sin embargo, la música salía tan clara como si fuera la primera vez que se tocaba.

Cuando acabó la canción, Don Aurelio volteó a mirarme. ¡Por fin me miraba! Por primera vez en todo este tiempo, el anciano me miraba a mí. Por fin pude ver sus ojos realmente, mirada firme y penetrante; y me dijo en voz baja, “esta canción se la escribí a mi esposa”. Por fin lo vi a él, lo vi a través de sus ojos, de su mirada. Vi su nariz tosca y sus labios quebrados. Vi a mi abuelo, a quien extraño tanto hasta ahora, a quien nunca tuve la oportunidad de conocer tanto como yo hubiera querido (por andar metido en mis cosas). Por primera vez me conecté con Aurelio y me sentía quebrado por dentro, como si un camión emocional me hubiera pasado por encima… y justo en ese momento, soltó una segunda frase que terminó de demolerme, “se la escribí a ella poco tiempo después de que falleció”.

Los días siguientes fui visitando a Don Aure con mayor frecuencia. Me sentía tan cómodo estando con él, pero también tan movido emocionalmente. Muchas veces me sentaba en esa sillita vieja que tenía al costado de su cama y me ponía a escuchar los diferentes poemas que este señor le había escrito desde entonces a su fallecida esposa. Los recitaba a memoria, lo cual me dejaba más impresionado. Había poemas de los momentos más lindos que compartieron juntos y de situaciones muy tristes también. Había poemas que podrían hacer llorar hasta al más duro de los duros (yo intentaba no llorara frente a él). Algunos poemas eran recontra simples o hasta estúpidos, pero ninguno aburrido y todos hacían que te pudieras conectar con la emoción más escondida de tu ser. Yo estaba impresionado con este abuelito. Ya no se me hacía tan extraño que todas las mujeres del pabellón y del hospital, quisieran visitarlo y escuchar cada una de las historias que él contaba sobre su “media sandía” (como él la llamaba).

Tanto romanticismo me había hecho olvidar mi inquietud inicial, aún no entendía por qué Don Aurelio quería arriesgarse a tener esa operación; no entendía por qué estaba siendo tan obstinado en malograrse el poco tiempo que le quedaba de vida. Por lo que me animé a hacerle la pregunta. Recuerdo que él estaba sentado al pie de su cama. Habíamos estado conversando sobre política y ese tipo de temas que no tienen relevancia, cuando le pregunté firmemente (aun así me tembló la voz), “¿por qué se quiere operar Don Aurelio? ¿No sería mejor vivir plenamente el tiempo de vida que tiene?”. Me miró fijamente, como si me estuviera respondiendo en silencio, pero no habló y entendí la indirecta. Se paró y se puso recto, (para mí era algo nuevo verlo totalmente derecho) y, como si fuera a entonar el himno nacional, empezó a cantar la canción con la que lo conocí. Escuchar a viva voz ese poema al amor, a la vida, a los sueños, a la muerte, fue entrar en un estado de atontamiento total. Ver como temblaba su garganta con cada sílaba que pronunciaba y escuchar su pequeño pero fuerte corazón latir me hizo olvidar las preguntas estúpidas e irrelevantes que había tenido en mi cabeza.

Luego de un rato, se acostó y se tapó casi todito; parecía un niñito acurrucado por el frío. Me miró, y en bajito me confesó, “yo no me quiero operar”.

Al día siguiente llegué apurado al pabellón “Q”, estaba totalmente confundido y necesitaba que Don Aure me explicara un poco lo que estaba pasando. Cuando llegué a su cuarto él estaba discutiendo con una enfermera (algo totalmente inusual). Tomé distancia, ya que no quería que me cayera golpe y menos de la jefa de las enfermeras (una señora gigante que seguro tenía sangre espartana), y entendí que estaban peleando por un pollo a la brasa. O seaaaa… ¡por un pollo a la brasa! ¿Quién diablos se viene a pelear por un pollo a la brasa? Vi como la enfermera le quitaba al pobre anciano su animal plumífero, aquel que pudo haber sido su cena ideal. Sin embargo noté que el viejo sacaba una sonrisa, de esas que sabes que algo se las trae. Tenía en su mano, una pierna de pollo, bien atrapada como quien atrapa el mejor de sus tesoros.

Lo acompañé a que terminara su cena, y mientras conversábamos entendí todo con mayor claridad. Descubrí que Don Aurelio no quería operarse, el creía que ya no era necesario. Me dijo algunas cosas que me emocionaron mucho, intentaré ponerlas exactamente como salieron de su boca. “Yo no quiero operarme. Ya no es necesario, para qué van a operar a un viejito como yo. Ya viví lo suficiente y no me arrepiento de nada, pero ya estoy cansado. Me siento listo para irme. Allá en el cielo me espera mi gordita”. Me comentó también, que los que querían que se opere eran sus hijos ya que no querían dejarlo ir.

La idea que tenía de Don Aure había cambiado impresionantemente. Ya no era este viejo egoísta y necio, que buscaba operarse para extender su vida ilógicamente (porque estaría eternamente en rehabilitación) y así seguir conquistando toda mujer que se le cruce al frente. Por el contrario, el abuelo me había enseñado tanto, principalmente algo totalmente opuesto al egoísmo. Estaba dispuesto a operarse por el amor que tenía a sus hijos. Ese día pude concluir una idea que hasta ahora ronda en mi cabeza. Así como hay que ser valientes y pelear por todo aquello que no queremos perder, también hay que tener el coraje para dejar ir.

El día de la operación llegué más temprano de lo normal, quería poder conversar unas palabras con Don Aurelio, quería decirle lo agradecido que estaba por todo lo que me había enseñado acerca de la vida, del amor, de la música, del pollo a la brasa. Fui volando hacia su cuarto, pasé por las puertas de madera y no noté que nadie me había saludado. Ya no era tan relevante para mí. Sin embargo, sí pude notar el grupo de enfermeras que estaban al filo de su puerta. Había algo diferente en todo este espectáculo, algo andaba fuera de lo normal. Llegué al cuarto y la cama estaba vacía.

Don Aurelio había partido antes de lo que todos esperábamos. Nos había dejado la noche anterior. Me di cuenta que a pesar de las ironías de la vida, aún uno le puede sacar la lengua. Una pena inmensa recorrió mi pecho, pero contrariamente a ello, sonreí. Me senté en esa silla vieja que tenía al costado de la cama, vi el cassette puesto dentro de la radio, y apreté “play”.

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