UN NIÑO LLORÓ

Era un miércoles, estoy totalmente seguro que era un miércoles. Lo recuerdo tan bien porque yo estaba recontra emocionado ese día. Me habían dado luz verde para poder apoyar en el área de pediatría del hospital. No podía con la felicidad. Sabía que iba a ser una tarea difícil, especialmente ESA área del hospital; pero estaba seguro que iba a dar lo mejor de mí. Una intuición me decía que sería un miércoles inolvidable. Luego me daría cuenta que estaba en lo cierto.

Llegué al hospital con una camisa nuevecita. Me la había comprado justo para ese día. Sabía que en el área de pediatría se codeaban los mejores médicos del lugar y quería caerles bien desde el inicio (tampoco podía estar en bata porque no era médico, enfermero, psicólogo, ni técnico). En verdad estaba demasiado afanado. Me encantan los niños, siempre me han parecido lo máximo. Me fascina cómo piensan. Parecen tan sencillos, cuando en realidad pueden llegar a ser más complejos de lo que pensamos. Muchas veces nos ayudan a re-descubrir la simpleza de las cosas más complicadas (como cuando te preguntan “¿si ese presidente es malo, por qué no renuncia?”); como también recordar que puede existir relevancia hasta en las cosas más sencillas (como cuando una almohada o una mantita puede convertirse en el defensor ideal contra los enemigos).

Los niños sueñan a montón y se bañan en miles de ilusiones. No temen hacerlo a pesar que muchas de éstas, no siempre se cumplen. A pesar de vivir en este mundo tan complicado, a pesar de vivir constantes desilusiones, a pesar de todo eso, siguen soñando. Sueñan, con el mundo a sus pies, sobre un mundo ideal (para ellos). Sonreír y ser feliz es el objetivo principal. Desde que despiertan se levantan pensando en eso; planeando diferentes maneras para poder llegar a esa felicidad tan pura. Por eso andaba de tan buen humor, iría a pediatría.

Era consciente que no iba a un nido o una sala de juegos. Sabía que estaba en un hospital y que me encontraría con niños con algún problema o alguna enfermedad complicada. Sabía que encontraría miedo, llanto, cólera o frustración. Pero me motivaba pensar que podría encontrar también sonrisas y risas, anhelos, simpleza y quizás pureza. Después de haber estado tantos meses en otros pasillos, sentía que iría a encontrar algo diferente, algo que me llenara el corazón de alegría e ilusiones. Así como que quería ayudarlos en lo que pudiera, también esperaba que ellos pudieran llenarme de energía. Lamentablemente, no sería ESE día.

Yo era prácticamente un extraño en el hospital. Un muchacho que buscaba ayudar con empeño, motivación y algo de corazón; pero que no dejaba de ser inexperto. Es por ello, que ese día iba acompañado de un asistente social (Jorge) que me iría guiando y aconsejando en esta tarea tan apasionante. Debo admitir que el poder ir acompañado por esta persona, me daba cierta tranquilidad. Como era de costumbre, antes de entrar a los pasillos, miré al cielo (en realidad era el techo) y me dije a mí mismo (esta vez tuve que ser más caleta porque me daba roche que mi fiel acompañante descubriera mi secreto): “Diosito, dame fuerzas para poder ayudar hoy”.

El día empezó súper bien, ya que tuve la oportunidad de jugar con varios niños en sus cuartos o en áreas comunes. Me acuerdo de un par de mellizos (tenían la misma enfermedad – congénita) que no paraban de corretear por los pasillos. Es impresionante ver como hacen los mocosos para escaparse de un sinfín de enfermeras alocadas y desesperadas por atraparlos. La verdad que el estado físico de algunas enfermeras podrían explicar claramente el porqué de lo dificultosa de la tarea. A la par una niña que recién caminaba, corría con el pañal en mano, mostrando el trasero desnudo sin pudor alguno. Definitivamente me hizo reír. Más risa me daba el trasero rechoncho de la enfermera que iba detrás de ella. Pobre, habrá tropezado con varios doctores y algunas camillas antes de acorralar a su prófuga.

Todo iba bien hasta que nos tocó entrar al área de cuidados intensivos. Todo iba bien hasta que conocí a Néstor. Entrábamos a cuidados intensivos, pero de pediatría. Dentro de esa zona había un área para aquellos niños que estaban con bajas defensas. Esos cuartos en donde uno debe desinfectarse o esterilizarse antes de entrar. Cualquier persona no puede entrar sin autorización. Justo cuando pasábamos por ahí, mi asesor, mi fiel acompañante, mi guía, Jorge… infló su pecho, como cuando un gallo se muestra frente a su público, y cacareó lo siguiente: “Acá, nunca podrás entrar. Sólo yo y otros doctores tenemos permiso para ello”. Asentí porque lo tenía claro, aunque ese día, ESAS palabras, nunca fueron tan poca verdad.

En esta área en donde estábamos, los cuartos no tenían paredes, tan sólo ventanas. De esa manera los doctores podían pasear por los pasillos estando al tanto de cómo estaban sus pacientes. Recuerdo claramente esas ventanas, hasta hoy recuerdo claramente ese cuarto. Justo pasábamos por el cuarto de Néstor, cuando noté algo extraño en Jorge… me quedé confundido, no entendí por qué mi valeroso guía estaba paralizado. Estaba estupefacto, no se movía. “No entiendo ni un carajo”, pensé. “¿Por qué pone cara de fantasma tétrico?” Empezaron a sonar diferentes ruidos en el pasillo, ruidos que no había escuchado antes. Tal vez los había oído en otros pasillos en algún otro momento, pero nunca los había escuchado como ese día. Nunca los había sentido, como los sentí en ese instante.

Néstor no respiraba. Néstor no se movía. Néstor no sonreía. Obviamente no sabía qué hacer. Obviamente recorría por mis piernas un fluido de sangre intenso, lo sentía frío, congelado y seguro que en realidad estaba hirviendo. Mi compañero, no dudó un instante y salió corriendo en búsqueda de algún doctor especialista. Volteó a mí y me dijo, “espérame acá y no hagas nada”. “Obvio que no voy hacer nada”, pensé. ¿Qué podría hacer? ¿Qué podría hacer un chiquillo como yo en una situación como ésta? Jorge se fue. Quisiera decir que me abandonó, porque realmente me sentí así, pero simplemente se fue.

Mi corazón latía fuertemente. Habrán pasado segundos, que para mí fueron eternos. Parecían minutos y horas. Hasta que las revoluciones de mi palpitaciones fueron disminuyendo. Ya me iba tranquilizando. No quiero admitir que de vez en cuando miraba de reojo dentro del cuarto; ya había tenido oportunidad de despedirme de muchos amigos en ese hospital, pero nunca de un niño. Yo seguía temblando. Por no ver a través de la ventana, traté de mirar por el pasillo. Miraba el largo del pasillo, esperando poder encontrar en cualquier momento a Jorge. “Maldito Jorge, ¿dónde diablos estás?”, me repetía la mente, y seguía, “en este momento tan difícil para mí, me has dejado solo”. Efectivamente, uno puede tener las mejores intenciones pero a veces no dejamos de ser egoístas y de pensar primero en nosotros.

En ese momento se abrió el ascensor a lo lejos del pasillo. Eran esos ascensores tan antiguos que las puertas demoran horas en abrirse por completo. Tenían que pasar varios segundos hasta que yo pudiera diferenciar quién venía. El suspenso era interminable. Sin embargo, detrás de esas puertas, no estaba Jorge, ni ningún otro doctor. Mientras se terminaba de abrir el ascensor, aparecía una pareja de señores que entraba con un globo azul en sus manos.

Mi corazón se detuvo. Me puse frío. Yo sabía quiénes eran. Lo sabía. Jamás los había visto en mi vida, pero lo sabía. Empecé a temblar como nunca lo he hecho en mi vida. Empecé a ver borroso y sentí mareos. A lo lejos, sus sonrisas se perdían en el pasillo; se iban borrando en cada paso que daban hacia mí, hacia ese cuarto, hacia su hijo. Empezaron a correr y mi corazón latió nuevamente, con una fuerza que se escuchaba en todo el hospital, en toda la ciudad. Mis rodillas chocaban entre sí. Escuchaba bulla, mas no entendía lo que decían. La mamá pasó de frente sin mirarme, seguro que me golpeó con su brazo intentando apartarme del camino, yo no lo sentí. Entró al cuarto y se acercó a la cama, lo cargó y lo cogió fuertemente, tan fuerte como para aferrarlo a la vida. A esta vida tan caprichosa e irónica, que nos trae estos tan intensos momentos. ¿Para qué? ¿Para enseñarnos algo?

Mientras tanto, el señor me hacía preguntas que yo no podía responder (no sólo porque no era experto en el tema, sino porque no entendía nada de lo que me decía). Se dio cuenta, se dio cuenta que estaba tan asustado como él. En ese momento, recordé a Jorge, y en esa cara tan estúpida que había puesto minutos atrás. Seguro que era la misma que yo tenía en esos momentos. Parecía que hubieran pasado años, pero en realidad eran segundos o minutos.

Entre el alboroto y el caos, no sé cómo, pero me encontraba dentro del cuarto con los papás. En mi vida, pocas veces he visto llorar a un hombre. Mi viejito me enseñó que un hombre no debe llorar (al final aprendí que al menos no debe dejar que lo vean llorar). Era la primera vez que veía llorar a un hombre por haber perdido a su hijo. Me destruyó el alma. Me partió en mil pedazos. Me cambió para siempre. Dejó una huella en mí. Un recuerdo que siempre estará presente, pero que lo mantengo para acordarme que siempre hay retos más difíciles de los que algún día nos podríamos imaginar. En vez de quejarnos por estupideces, deberíamos afrontar aquello que nos toca vivir.

Ese día no lloré, al menos no de la forma tradicional. Aguantaba el llanto con todas mis fuerzas. Los veía cargar a su hijo, queriendo no soltarlo jamás. Había gritos y llantos. Justo en ese momento, con una voz débil y quebrada, se me ocurrió hacer un comentario. Los miré a los dos, e intenté poner cara de seguridad, compasión y firmeza (¿cómo diablos será esa cara?). Les dije, “quizás sea un buen momento para agradecerle por algo”… (silencio).

Me miraron fijamente. Creo que recién se daban cuenta de mi existencia. El rostro de pena que tenían cambió por uno de seriedad y dureza. Sabía que me iban a moler a golpes o gritos en ese momento, pero no lo hicieron. Por el contrario, me hicieron caso. No es necesario mencionar todas las razones que mencionaron para agradecerle a su niño. Tampoco creo que exista papel (físico o virtual) que pueda sostener tanta emoción. Tampoco me siento capaz de recordarlo. Ese momento simplemente fue impresionante. Junto a ello, también empezaron a pedirle perdón.

Entre todo esto vivido, había aparecido Jorge con un sinfín de doctores. Sin embargo, la situación no cambiaría. Yo no lloraba. Yo no lloraba. Aguantaba con toda mi alma el maldito llanto. Quería llorar, quería gemir como un niño. Mi ojo temblaba, temblaba como cobarde por no atreverse a hacerlo. Sin embargo lloraba por dentro, lloraba como un niño. Me ahogaba en el llanto. Lloraba como un niño, como el niño que dejó de llorar ese día.

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