PASO EN FALSO

Luego del incidente en la cafetería, terminé piconazo, estaba demasiado frustrado por no haber conocido a la chica de falda turquesa. La pobre cachetona nunca sabrá que fue una fuente de inspiración importante para mí, una fuerte motivación para animarme a buscar la estrategia ideal para el jileo. Esa interacción entre hombre y mujer (u otras combinaciones) que tanto da que hablar por todos lados, se convirtió en un acertijo que buscaba ser descifrado. ¿Por qué carajos tiene que ser tan difícil hablarle a alguien que no conoces? Esa maldita pregunta me daba vueltas por la cabeza diariamente. Después de esa noche reveladora no había podido dormir tranquilo. Empecé a obsesionarme con esta inquietud, con la idea de poder encontrar la combinación perfecta de palabras que me permitiera entrar en su espacio y romper esa barrera transparente que siempre me alejaba.

¿Qué tan loca parece esta propuesta? ¿Cuántas veces has tenido la oportunidad de ver a alguien en una situación totalmente “random” y te ha provocado conocerla? En un ascensor, en la cola del supermercado, en el grifo comprando unas chelas, caminando por tu parque, en tu gimnasio, en cualquier lado. Lamentablemente, parece que existiera una norma social establecida desde que tengo uso de razón, que prohíbe la interacción con una persona que te llame mucho la atención. Cada vez que me ocurre algo así, empieza una batalla campal en mi cabeza; miles de pensamientos empiezan a fluir a una velocidad impresionante, llegan sin ningún filtro, asumo, con la intención de motivarme a actuar.

El jileo es lo máximo y con él vienen demasiadas sensaciones totalmente adictivas. La adrenalina generada por la incertidumbre (de cómo resultará la dinámica entre tú y ella), la excitación (en todo sentido de la palabra, no sólo sexual), los nervios, la curiosidad, ansiedad, placer, energía, entre otras más; se vuelven golosinas irresistibles de probar, que se presentan cada vez que tenemos la oportunidad de conocer a alguien nuevo en nuestras vidas. En cambio, la sensación que pude sentir el otro día, al ver que la chica de falda turquesa había desaparecido, fue totalmente horripilante (tuve que conseguir terrible palabra para describir lo que sentí). Como conclusión, esa noche me propuse conocer esa estrategia que no me permitiría dejarte ir nuevamente, aquella combinación de palabras que podrían convertirse en mi “wingman” ideal.

Habría que poner en práctica todo tipo de estrategia, cualquier huevada que se me ocurriera podría servir, tampoco era el experto en estas cosas. Tendría que animarme a utilizar todas las ideas locas que se me ocurrieran, hasta dar con la efectiva. Ahora sonaba tan claro, simple y seguro de mí mismo; ahora sí estaba motivado. Cómo hubiera querido retroceder unos días atrás para haber podido utilizar este atrevimiento en la cafetería, con la chica de la mesa del lado.

Mientras seguía caminando y pensando sobre toda estas ideas que venían a mi cabeza, en la misma vereda venía con dirección hacia mí una mujer exageradamente linda. ¿Será el destino?, me pregunté. La chica era hermosa, quizás una de las mujeres más lindas que había visto en mi vida. De hecho, no tanto pero en ese momento lo creí así. La bufanda que llevaba en el cuello, intentaba inútilmente de taparle toda esa zona irresistible de morder y besar en una mujer. Había un espacio destapado, lo suficientemente abierto como para dejar salir su perfume, uno que podía olerse a la distancia que estábamos separados.

Ella venía concentrada en su celular, era evidente que chateaba con alguien mientras caminaba (es impresionante la habilidad que hemos desarrollado para caminar y escribir al celular al mismo tiempo). Esta mujer venía caminando directo hacia mí, totalmente concentrada en su celular, sin tener algún tropiezo. ¿Estará hablando con su novio? “Seguro que habla con su madre”, me repetía inocentemente como para no desmotivar mi iniciativa. Me encontraba mil porciento motivado, estaba ultra seguro que iría a tener éxito en la experimentación de una nueva estrategia. Iba a ser el gran descubridor de la técnica que revolucionaría el mundo entero.

Venía por la misma vereda y empezaba a caminar más rápido cada momento que se acercaba a mí. Era una locomotora subiendo su velocidad al máximo, aferrada a su carril sin ningún interés de ser frenada, sin fijarse en ningún otro obstáculo o cualquier cosa que la distraiga de su destino final. Y yo, me sentía aquel muro de concreto que intentaría detenerla y no dejarla pasar, pero me cagaba de miedo de lo que podría ocurrir en ese impacto. Sea como sea, ella no pasaría, se me ocurriría alguna frase interesante y probaría cuáles podrían ser las palabras perfectas para poder eliminar esta defensa que todos tenemos cuando una persona desconocida se nos acerca.

Ahí venía ella, a toda velocidad, y ahí estaba yo, esperando a que ella deje de caminar. Lo primero que me puse a pensar era en cómo debería pararme. Tenía que ser de una manera estratégica para no toparme de frente contra ella. Mi corazón empezaba a latir más rápido y fuerte, y mi respiración aumentaba como si me estuviera corriendo una maratón. Sabía lo que estaba por venir y estaba seguro que me iba a atrever. Cuando volví a verla, ya estaba a tres metros de distancia… casi nada, el encuentro ya era inevitable, por lo que la empecé a mirar directamente a los ojos como para que se vaya preparando mentalmente de lo que iba a acontecer. Aún no se daba cuenta que yo estaba ahí, “ni que fuera tan invisible”, pensé.

Ella ya estaba a metro y medio y aún no me había visto. Ya no podía más ni con mi corazón, ni con ningún otro órgano de mi ser. Mis riñones se apretaban entre sí, como haciéndome la suficiente presión para que actuara de alguna manera. Si no hacía nada en ese momento, esa maldita locomotora iba a pasar por mi cara a tal velocidad que tan solo me quedaría observarla y aplaudir. En ese momento, ESE momento en dónde todo se vuelve más tenso y las ideas fluyen con mayor lentitud; se me ocurrió algo totalmente espontáneo, que cuando estuvo en mi cabeza, parecía hasta estratégico.

En ese justo momento, se me ocurrió abrir los brazos como cuando quieres abrazar a alguien, pero esta vez lo hacía para detener su paso; y en dije, “¡Hola!… ¡para!”. O sea… ¿para? ¿Para, qué cosa? ¿Qué me había alucinado? ¿Policía de tránsito? Ni la conocía y ya andaba dándole órdenes a la pobre chica. Todas estas ideas empezaron a aparecer. La cara de susto que puso era casi tan de terror como la que yo estaba poniendo. Era una situación que se había salido de control, la locomotora se había salido de su riel y en pleno destrozo había arrollado la poca seguridad emocional que me quedaba. Aun así me repetía a mí mismo que todo estaba bajo control. La chica seguía con cara de espanto y yo intentaba de sonreír forzadamente. Esas sonrisas que no convencen a nadie, estoy seguro que terminó por asustarla más.

Ya no había tiempo para perder, era el momento indicado para decir algo; por lo que dejé de respirar, sólo tomé un último suspiro para tener valor y… así quedé paralizado. NO-SA-LIÓ-NA-DA, ni una palabra. Ni si quiera un gemido, ni tan sólo un puto ruido. Mi sonrisa seguía igualita, aunque mi boca empezó a mostrar ciertos tics, empezó a temblar como lo hacen esos perritos en las combis.  Y así la vi a ella, la vi cómo me seguía mirando y juraría que me puso cara de estar esperando a que yo dijera algo. Pero yo sólo la seguí viendo y vi como volvía a arrancar sus motores, y vi cómo se iba y se perdía a lo lejos de la calle.

Después de un rato, cuando ya me pude mover terminé concluyendo que me había faltado algo súper importante, no sabía qué tipo de frases o estrategias iba a probar o evaluar. No podía evaluar algo que no conocía. Seguía caminando por la calle e iba recuperando mi confianza personal. Ya sabía cuál era el siguiente paso que tocaba. Tenía a hacer encuestas, evaluaciones o una serie de preguntas que pudieran darme la información suficiente para armar las estrategias que iría a experimentar. Este sería mi siguiente paso.

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