ME BESÓ Y DIJO QUE NO

5to de media, todas las hormonas revueltas en ese entonces. Mi cabeza andaba dividida en mil partes. Entre el fútbol, los sostenes, las rosas y los estudios, aún había espacio para algo más en mi mente, pero no sabía qué. Sentado en mi escritorio, miraba a través de mi ventana, con mirada fija y penetrante, como si estuviera buscando algo allá afuera pero realmente estaba dentro de mí. Soñaba, suspiraba, moría por enamorarme, por encontrar a esa chica que me haría tropezar en el aire, sonreír por cualquier cosa, volar por todos lados, llorar por amor. Pensar en esta persona que ni si quiera existía, me hacía sonreír demasiado, sentado en el escritorio, mirando a la nada, juraría que la estaba mirando. Nací enamorado del amor, adicto a este sentimiento y en ese año mi adicción llegaba a un punto crítico.

Empezar en la academia pre-universitaria, sería una experiencia demasiado nueva para mí. No era común para mí estar en una clase con otras mujeres. Así conocí a Romina. Exactamente, no me acuerdo cómo la conocí. Podría mentir y decir que andaba corriendo a mi clase porque estaba tarde, y por una simple torpeza me tropecé con ella. Nuestras cosas salieron volando y nuestras manos se juntaron, nuestras miradas se conectaron y salieron fuegos artificiales. NOT. El hecho es que cuando la conocí sabía que era la mujer de mi vida (obviamente ya había conocido otras mujeres de mi vida y seguiría conociendo más mujeres de mi vida, pero ella sí era la mujer de mi vida).

Cuando le hablé por primera vez, mis dotes sociales no funcionaron correctamente. Siempre me había jactado de ser una persona súper hábil en el jileo… pero esa vez no me fue tan bien que digamos.

YO: “Hola, ¿qué clase tienes después del break?”

Romi: “Lengua”

YO: “Ahh… la lengua es divertida”

– La lengua es divertida – ¡What the fuck! ¿Qué carajos quería decir con eso? Peor aún, ¿qué habrá entendido con lo que le dije? Sin embargo, se sonrió. Una risa entre timidez y coquetería, que terminó por derretirme por completo. Espero no haber babeado en ese momento, aunque no sería extraño que lo hubiese hecho. Ya no había nada más que hacer, ya estaba jodido. Cualquiera que viera esta escena firmaría sin pensarlo, estaba enfermamente templadazo de Romina.

Y así fui sobreviviendo la academia. Todos los días esperaba a que llegara la clase de matemáticas. Esta clase empezaba siempre a las 5pm, y desde el arranque yo apagaba inconscientemente mis oídos y prendía mis fantasías. Empezaba a pensar en ella, en su sonrisa, en sus ojos y su mirada, en su cuerpo, en su risa, en toda ella. Era una situación extraña realmente, sentía que me partía en dos y que mi imaginación salía de mi cabeza y me dejaba.

Como si estuviera en una fantasía, una vez sentí que mi imaginación empezó a andar por los alrededores de la clase. Se hizo lo suficientemente pequeña como para poder pasar por debajo de la puerta y salir de la clase. Paseó por todos los lugares de la academia para ayudarme a no sentirme atrapado en la clase de mate. Pero mi imaginación no andaba deambulando sin rumbo alguno, ella sabía a dónde iba. Empezó a subir las escaleras, una por una, hasta llegar al tercer piso. Se acercó a la puerta de una clase, evidentemente era la clase de Romina, y se quedó estática frente a la puerta, como esperando a que algo sucediera. En ese momento salió ella, el amor de mi vida, la chica más linda de la academia.

Ya eran las 5:15pm y yo sabía que justo a esa hora, la chica de mis sueños bajaría por las escaleras (todos los días bajaba al baño). Ahí estaba yo, mirando por la ventana, esperando a que ella bajara. Mientras mi imaginación venía tropezando escalón por escalón intentándola alcanzar; ella aparecía por mi ventana y todo entraba en el fenómeno TSP (TODO SE PARALIZA). Nadie se movía, no había bulla, yo no reaccionaba, sólo tenía una simple habilidad, la capacidad de verla andar, bajando las escaleras, con su uniforme de colegio, demasiado SEXY para mí.

Yo la miraba fijamente, totalmente estupidizado. Ella nunca había volteado a ver, pero estoy seguro que sabía que la miraba. Bajaba todos los días a la misma hora, estoy seguro que sabía que la miraba. Pero ese día fue diferente, ella volteó, volteó y me miró. Me puse totalmente rojo y el corazón se me atravesó en el cuello. Cuando miré otra vez, ella había parado de bajar y sonreía. Yo pasaba del caos al cielo en segundos. Y ella seguía su camino hasta que se desvanecía. Recién mi imaginación volvía a la clase y regresaba a mi cabeza, y empezaba a tener los sueños más lindos y excitantes respecto a esta chica. Poco a poco iba volviendo a escuchar voces nuevamente, y había una que distinguía de las otras, “bueno chicos, ya acabamos la clase”. Nuevamente me irían a revolcar en matemáticas.

Durante las siguientes clases, Romi volteaba a mirarme cada vez que bajaba y me saludaba. Me dediqué a escribirle aquello que no me atrevía a confesarle. Nunca supe hacer poemas, simplemente me ponía a escribir lo que sentía, y en esa época se me hacía tan fácil describirlo. Yo creo, en base a mi experiencia, que para escribir poemas lo más importante es romper ese filtro que a veces estorba el camino entre lo que sientes y el papel.

Escribiendo en ese papel, mantenía a mi traviesa imaginación conmigo, ya no se me escapaba más. Por el contrario, me ayudaba a escribir. Escribía sobre mis ganas locas de decirle que me moría por ella. Que cada vez que pasaba por ahí, mi corazón se detenía. Que entregaría todos mis tesoros más valiosos con tal que me regalara un beso y que si no, se lo robaría de todas maneras. Escribía sobre el miedo que me daba decirle todo esto y que aún buscaba valor para hacerlo. Le escribí un poema, “Amores y Dragones”; palabras escritas por un adolescente que se moría de miedo de decirle cuánto amaba a la mujer de sus sueños.

Lo cierto es que el amor te da fuerzas y yo me sentía el hombre más fuerte del mundo. Me sentía invencible, capaz de conquistar todo lo que me propusiera. Por lo que un día tomé valor y la fui a buscar en el break. Quería buscar la situación ideal para darle el poema. Ella justo estaba conversando con unos amigos sobre lo difícil que estaría el próximo examen de álgebra. Unas palabras salieron de mi boca sin permiso, “a mí me fue bien en álgebra, si quieren les puedo enseñar”. Todos aceptaron. ¡CLA-RO! Obviamente no entendía ni un carajo de álgebra y ahora tendría que enseñarlo, y no sólo a ella, sino a todo el grupo.

Durante la semana TUVE que aprender álgebra con un profesor particular, mientras que iba llamando a cada uno de los que estuvieron ese día para que cancelaran, para que se inventen algo y dijeran que no podían reunirse para estudiar. Al final de la semana, había podido convencer, suplicar o amenazar a cada uno de ellos y todos me había asegurado que no se aparecerían. Llegó el día y me aparecí en casa de Romi. Me recibió disculpándose, diciéndome que todos eran unas fallas y que habían cancelado, que estaban enfermos o tenían el cumpleaños de la abuelita. Puse cara de asombro y le dije que no había problema, que igual podíamos aprovechar este momento para estudiar los dos.

Mientras le enseñaba álgebra (tengo que admitir que durante esa semana pensé que me había vuelto un experto en algunas fórmulas y resolución de ecuaciones), me iba dando cuenta de la ropa que se había puesto. Tenía esos politos sueltos, que dejaba ver una parte de su hombro. No entiendo cómo podía seguir enseñando con esa imagen frente mío. Me hipnotizaban sus gestos y el olor al perfume que traía. Ver su hombro descubierto era una puerta abierta a mis sueños más sexuales. Sin embargo, seguía dictando como todo un profesor experto. ¡Al final entendió! Al final de todo, Romi aprendió álgebra.

La tarde llegaba a su fin y yo tenía que hacer mi jugada final. Decidí que era el momento para darle el poema. Fue algo demasiado difícil de hacer, como que antes de eso, aparecieron varios momentos de silencio incómodo. Quería decirle algo y no me atrevía y me quedaba callado. Y ella sabía que quería decirle algo, por lo que se quedaba callada esperando. Ella me miraba a los ojos, como esperando a que algo pasara y yo la miraba a ella, no sólo a sus ojos, a toda ella, y YO esperaba a que YO hiciera algo. Tomé valor, metí mi mano al bolsillo y busqué el poema. No lo encontraba, mi mano temblorosa no encontraba el maldito poema, yo estaba seguro que estaba ahí, lo había puesto en ese bolsillo y ahora no estaba. Me empecé a atragantar con mi saliva, mientras que mi imaginación se apagó por la vergüenza. Cuando pensé que estaba todo perdido, encontré el papel, estaba ahí, siempre estuvo ahí.

Saqué el papelito y empecé a desdoblarlo (lo había doblado en 38 partes para que nadie pudiera leerlo). Cuando estuvo entero se lo entregué y le dije que lo leyera. Ella sonrió con cierta desconfianza, probablemente porque no se imaginaba esta situación; pero no dudó en zambullirse entre esas palabras que había escrito durante mis horas tan emocionantes de matemáticas. Mientras empezaba a leerlo, mi temor pudo más que mi atrevimiento y dije unas palabras recontra cobardes: “es un trabajo para el curso de lengua, quería que lo revises para que me des tu opinión”. Una mentira nada pequeña.

Empezó a leerlo y me dediqué a observarla durante cada segundo. Era asombroso ver cómo sus ojos se movían de derecha a izquierda, totalmente concentrados y conectados con lo que estaba leyendo. Era una sensación demasiado intensa cada vez que sus ojos se abrían un poco más, cada vez que encontraba en la lectura algo que le gustaba. Era suspenso puro, quería saber justamente qué estaba leyendo en ese momento. Me carcomía la curiosidad. Luego seguía leyendo y en algún momento soltó una risa muy tímida y corta. Eso era suficiente para elevarme hasta el cielo. Ella leía el poema como si lo estuviera viviendo; mientras que yo lo sentía al intentar leerlo a través de sus ojos. Mi corazón latía cada vez más rápido, sabía que pronto acabaría y no sabía qué ocurriría después. Me moría de miedo.

Casi antes de terminar el poema, paro de leer por unos segundos y me miró fijamente…

Fue recontra intenso. El tiempo se detuvo por una eternidad. Por un momento pensé que me diría algo, juraría que me iba a decir algo bonito. Nos habíamos conectado por ese momento y fue grandioso. Ella empezó a sonreír y mi corazón decidió parar por completo (no quería hacer bulla y malograr el momento). Sin embargo ella volvió a la lectura y yo volví a respirar. Continuó leyendo hasta que terminó. Sus ojos brillaban como nunca los había visto en la vida. Se mordía los labios con los dientes y yo no podía estar más enamorado. Hasta que la vi, vi la señal, por fin entendí que ella sabía. Ella sabía que el poema era para ella, como no iba a saberlo, si me miraba todas las tardes a las cinco de la tarde, cada vez que bajaba por esas escaleras camino al baño. Ella miraba cómo la miraba, se daba cuenta de cómo estaba siempre cerca de ella. Ella lo sabía, sabía porque realmente no había entendido nada de la clase de álgebra que acaba de escuchar (aunque me había hecho pensar lo contrario). Sonreía más que nunca y mientras dejaba el papel en la mesa del costado se acercó a mí. Puso su cara frente a la mía, yo sentía su calor, su respiración. Me moría de miedo, de nervios. No sabía qué más hacer, sólo tenía una voz en mi cabeza que me repetía que la bese.

Entonces me besó. Fue ella quien me beso. Empezó intenso y juraría que sentí electricidad en mis piernas, en mis brazos, en todo mi cuerpo. Había química, esa química que venía buscando sentir desde que la vi por primera vez. Lo que empezó tan intenso, terminó siendo demasiado tierno. El beso se convirtió en una caricia, en un poema de amor. Era el poema que ella me escribía a mí. Yo seguía en las nubes y nuestros labios se fueron separando. Una mirada triste se fue formando en su rostro. Me acarició la mejilla, que se sintió como un golpe fuerte. Me miró y me dijo que no.

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