ENTRE LAS TORRES GEMELAS

Viajaba de Miami a Los Ángeles, en esas aerolíneas americanas que son recontra económicas. De hecho, en ellas uno termina sacrificando calidad y servicio por dinero. “Como las huevas”, piensas al principio. JA. No era un viaje tan largo, algo de tres horas aproximadamente, y el avión era de los que tenía tres asientos en un lado y tres asientos en el otro. El famoso ABC y JKL. Personalmente yo prefiero los asientos del pasillo, así puedo ir al baño cuando me provoca y no tener que estar molestando a la persona que tengo a mi costado. Qué encanto, ¿no? Yo pensando en no incomodar a mi compañero de viaje sin saber lo que me esperaba ese día. Ese día no conseguí asiento en el pasillo, sólo me pudieron dar el asiento que está al medio de los otros dos sitios. “Bueno, qué es lo peor que podría pasar”, pensé, y acepté al maravilloso B22.

Entré al avión y caminé hacia mi sitio; mientras lo hacía pensaba que todo ya iba quedando listo, y que sólo tenía que sentarme y descansar largamente durante el viaje. RE-CON-TRA equivocado. Es más, había pensado en el floro que usaría para convencer al compadre que se estuviera sentando en el pasillo para cambiarle de sitio. Cuando llegué, me di cuenta por qué lo habían puesto en el pasillo. “¡Fuck!”, pensé. Esa persona era siete veces más grande que yo. ¿Cómo iba a hacer para entrar en mi asiento? O mejor dicho, ¿cómo había hecho para entrar en SU asiento?

Apenas viví esta situación, mil pensamientos me atormentaban. Por un lado, tenía la esperanza que la persona que tenía el asiento de la ventana nunca viniera, así podríamos acomodarnos en esos tres sitios sin sufrir ninguna consecuencia emocional o psicológica en mi persona. Y la segunda, era que estaba realmente preocupado que el avión no se cayera por sobre peso. En serio, lo juro, estaba palteado. Me acerqué al señor y con un inglés medio masticado mezclado con nerviosismo (habré pensado que me podría comer), le pedí que se “arrimara” para que yo pudiera entrar.

Bueno, me senté y estaba medio cómodo al principio. Claro, tenía la raya del poto acomodada entre el asiento de la ventana y el asiento que realmente me correspondía. La gente entraba al avión y milagrosamente nadie se acercaba a nuestros sitios. Cada vez me sentía más tranquilo. Una paz interior empezaba a acomodarse en mí. Desde donde estaba, lograba sacar mi cabeza hasta el pasillo, vigilando sigilosamente la llegada de nuevos visitantes. El señor me dio permiso para sacar mi cabecita por el pasillo para poder observar. Probablemente se sentía un poco incómodo por la situación o tal vez, simplemente disfrutaba de mi angustia y sufrimiento.

Cuando todo ya parecía ganado. Cuando realmente ya no quedaba ningún personaje más caminando por los pasillos de ese terrorífico avión… justo cuando el piloto hablaba por los intercomunicadores avisando que estábamos próximos a partir, justo cuando mi yo interior festejaba el mejor logro de su vida, justo en ese momento, se escuchó una palabra que me traería nuevamente a los nefastos asientos de mi realidad. “¡Wait!”, escuché. “¿Eso fue una persona?”, me pregunté. Parecía la bocina de un camión de construcción.

Efectivamente esa preciosa palabra venía de algo parecido. Puedo jurar que escuché cómo lloraban los amortiguadores del avión ese día. A lo lejos, todo se oscureció. “Un eclipse”, pensé. Pero no, no era ningún eclipse, aunque MI luz emocional realmente se iba a apagando. Era una “chica”, que venía “trotando” (nótense todas las comillas) hacia mi sitio. Cada paso amenazaba toda la infraestructura del avión. Era obvio a dónde venía. Era obvia la broma tan maquiavélica que me habían preparado. ¿Cuáles son las probabilidades que te toquen dos personas con sobrepeso en ambos costados?

Era tan obvio que venía a nuestro sitio. Era tan putamente obvio. La mujer llegó a donde tenía que llegar y nos pidió que le hiciéramos permiso. El señor que estaba en el asiento junto al pasillo, con mucho esfuerzo logró pararse.

La mujer se sentó en su sitio (realmente se dejó caer) y el asiento murió, literalmente murió. El señor del asiento del pasillo también se sentó. Ambos habían tenido que sacar estos separadores para apoyar los brazos, porque no entraban en sus asientos. Yo, tomé valor, respiré hondo (sabiendo que no lo volvería a hacer con facilidad por un tiempo) y me “acomodé”. Lo primero que perdí fueron mis brazos. No sabía dónde estaban. Miraba para todos lados y no los encontraba. Ni si quiera los sentía. No podía prender el aire, no podía apagar la luz, apretar el botón de auxilio o ahorcarme un rato. Estaba atrapado. De hecho no pasaría frío durante el viaje, ¡yeeiiiii!

Antes que el avión despegara se me acercó la aeromoza y me dijo que había encontrado un sitio para mí. Me emocioné, mis ojos se pusieron brillosos. Juraría que vi cierta decepción en la cara de mis queridos vecinos de viaje. No me importó. Probablemente sentían que habían perdido a su mascota, a su peluche o a su pequeña almohadita de viaje. No sé cómo salí de mi sitio, pero nadie tuvo que moverse para que ya estuviera en el pasillo.

Empecé a caminar, mostrando la cara de victoria, satisfacción y placer. Seguí caminando hasta que la chica me indicó cuál era mi nuevo asiento. Me acuerdo clarísimo, era un asiento a la ventana. Me di cuenta porque lo veíamos desde atrás y se veía desocupado. Sólo se podían distinguir dos cabezas en los otros dos asientos. Caminando triunfal me dirigí a mi nuevo sitio. Fui acompañado de mi gran escolta, la aeromoza que desde que me había rescatado de mi calvario, se había vuelto la mujer más hermosa que jamás haya visto en mi vida. Realmente una pintura bella de Miguel Ángel.

De repente, los gestos de su rostro cambiaron. Noté cierta seriedad, sorpresa y juro, que vi algo de burla también. Cuando volteé a ver qué ocurría, caí en cuenta que había una persona en mi sitio, nótese, ¡MI SITIO! Un chibolo maldito estaba ahí, no se le podía ver la cabeza desde atrás. Todo esta situación se puso más picante cuando mi sarcástica guía comentó “uy, me equivoqué, pensé que estaba desocupado”. “Hija de puta”, pensé, “vieja maldita, ¿qué me estás haciendo?”. Obviamente, todo eso tan solo fue pensado. Sonreí y le dije, “no te preocupes, no me había hecho la idea tampoco”. SÍ-CLA-RO. Mis vecinos estaban contentos de recibirme nuevamente. Esos rechonchos tan lindos me recibieron con los brazos abiertos. Volví a mi sitio inicial, junto a mis dos amigos.

Cuando la cosa no podía estar más jodida, ocurrió el “cherry” de la historia. Luego de algunas horas de vuelo, ya con los brazos adormecidos, intenté comer algo. Mientras disfrutaba de mis ravioles, noté que a la “chica” de mi costado se le había caído algo al suelo. “¡Fuck! El maldito tenedor”, me di cuenta. “NI-CA-GAN-DO”, me dije a mí mismo, “que ni me mire a mí”. Me hice el loco. Pero al final, escuché esa frase maldita, “please, help me”, me dijo mientras me apretaba el hombro. “Ayúdenme a mí por el amor de Dios”, pensé. Al final volteé y acepté a ayudarla. Me saqué el cinturón y bajé; descendí hasta el mismísimo infierno. Realmente hubiera querido quedarme ahí para siempre. Pero no, al final volví a mi asiento y ya no volví a ser el mismo desde entonces.

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