DE TI, SIN TI

Apenas entré al lugar, empecé a darme cuenta que sería una noche diferente. Pasé la puerta de vidrio del local, con un desinterés total por las demás personas que estaban alrededor. Tan sólo me fijaba en esa silla alta de madera con patas de fierro, mi fiel compañera de historias y recuerdos. Esta vez, la silla estaba ocupada por otro. Alguien se había cogido mi sitio y eso me fastidió. “Ese es MI-SI-TIO”, pensé. De hecho la situación me tomó por sorpresa ya que usualmente suelo ir a una hora en donde ese espacio está despejado. Pero esta vez no fue así, por lo que tuve que buscar un lugar alternativo. Estaba perdido en esa cafetería.

Es curioso, pero cuando uno le agarra cierto cariño a algo, se vuelve más difícil cambiarlo por otro. Me sentía incómodo en este sillón. No me dejaba mover bien las piernas, me hundía en el asiento y no sabía dónde poner mi cuaderno para empezar a escribir. Intenté recordar alguna anécdota o elaborar algunas ideas, pero no tuve éxito. Mi mente volaba. No sé si era por el incidente o no, pero mi imaginación estaba recontra despistada esa noche y quería boicotear mi estado de concentración. Entre tanta distracción, entró ella…

Era bajita y un poco rellenita. Tenía unos ojos preciosos, color negro. Su piel blanca hacía un contraste magnífico con su oscura mirada. Desde que la vi, toda mi desconcentración se esfumó. Todo mi malestar se olvidó. Sólo tuve espacio mental para pensar en ella, en su sonrisa, en lo atractiva que era. Me tenía babeando. Ella siguió caminando y se empezó a acercar a mi mesa. Mi respiración bajó lentamente, para que casi no se pudiera escuchar. Mis pupilas se contrajeron, mis ojos se afinaban para poder ver mejor los detalles. Los músculos de mis brazos se pusieron tensos, estaban listos para actuar. Me sentía un ave rapaz, un animal cazador, esperando a que su presa estuviera lo suficientemente cerca como para intentar atraparla. Sin embargo, pasó por mi costado y la muy atrevida no volteó a mirarme. Había ignorado toda mi postura de gallito de gallinero.

Tenía una falda larga color turquesa que le quedaba increíble; la cual no se podía apreciar tanto desde que se había sentado. Estaba sólo a un metro de distancia, justo en la mesa del costado. Una palabra en voz baja hubiera sido suficiente para que ella volteara a verme y pudiéramos empezar una conversación. Tan solo una pregunta inocente me hubiera permitido conocerla un poco más, me hubiera conectado con ella y con su mundo. Sin embargo, no la hice. Algo que parece tan sencillo a veces, puede llegar a ser recontra jodido.

Aún sigue sentada ahí, y yo escondido tras mi café. “¡Cobarde!”, me digo, “eres un cobarde”, me repito varias veces. No sé qué habrá pedido, pero se nota que lo toma con pausa y placer. Lo disfruta demasiado. Voltea a mirarme… tuve que dejar de escribir. Pensé que algo se venía y quería estar preparado. No me miró directamente, las mujeres son así. Por el contrario, miró a todo alrededor, miró cada detalle de la tienda, a cada persona, a todo de todo, menos a mí. Pero en el fondo, sé que me miró a MÍ.

¡Cómo disfruta lo que hace! Bordea la tapa de su vaso con sus dedos, como si estuviera limpiando la espuma de un café; luego, se mete los dedos a la boca y lo saborea. Yo sigo mirando como espía, como “stalker”, y es que no tengo control. Esa chica ha robado toda mi atención. Debo empezar a mirarla con más cautela, ya que poco a poco podría empezar a notar mi mirada furtiva. Se desenreda el pelo y eso me termina de conquistar. Quiero hablarle. Tengo miedo de no volverla a ver, me da angustia pensar que si no hago nada ahora podría perder la gran oportunidad de la vida. Necesito hablarle, pero no me atrevo. ¿Cómo hago para hacerlo?

¡Qué injusta puede ser la vida! Dos mundos se juntan en un mismo lugar, dos mundos cargados de mil experiencias, sueños, ideales, ilusiones, romance, excitación, sensualidad, estupidez, bromas, diversión, espontaneidad, adicción, temor, cólera, determinación, metas, logros, éxitos y más. Dos mundos que quieren conocerse, dos vidas que podrían cambiar con tan sólo una pregunta inocente o una estúpida palabra. Ahí está, a una mínima distancia, pero siento que no puedo hacer nada al respecto. ¿No puedo?

Te quiero conocer, te he visto tantas veces por ahí, a ti y a todas las versiones de ti. Volteas a mirarme y esta vez lo haces con descaro; esta vez no tuviste reparo en mirarme directamente a los ojos. Realmente te sentí y no me escondí. ¿Y si te pregunto cómo te llamas? ¿Y si te pido prestado un lapicero? Tal vez podría preguntarte qué estás tomando, o podría ser directo y decirte que me gustas mucho desde que te vi entrar. ¿Qué pensarías o qué harías? ¿Cómo me acerco a ti sin incomodarte? ¿Cómo hago para conocerte sin morir en el intento?

Efectivamente, esta noche se convirtió en una noche diferente. Un ser extraño ha despertado en mí, un curioso, un investigador, un atrevido. Voy a encontrar cualquier estrategia que me sirva para no dejarte ir una vez más. Voy a hallar la manera de conocerte, así me cague de miedo por dentro. Sea como sea encontraré la manera de hacerlo. Estoy dispuesto a leer, buscar, revisar, practicar toda información que me ayude a atreverme. Ya me siento invencible.

Dejo mi lapicero, dejo mi café, me paro, y justo cuando volteo a verte, ya no estás más.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *